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This is America – Óscar Llena Fernández – Medium

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Nueva York, vista desde lo alto

La semana amanece nublada en los aledaños de Times Square. En la Estación Central, situada a unas manzanas de nuestro albergue, nos disponemos a coger fuerzas para el lunes, nuestro segundo dia en Estados Unidos. Por todo lo alto. Los pancakes con caramelo y el bacon nos sacian a más no poder en una de las cafeterías de la estación principal. Ahí, en ese local que recuerda a los cafés de carretera,empezamos a validar otro mito: Los estadounidenses son como en las pelis. Me refiero a la naturalidad, el humor y sobretodo a los gestos. Hollywood nos los muestra tal y como son.

El primer indicio, durante el desayuno. La camarera nos atiende con una sonrisa de oreja a oreja,y cuando aclaramos que somos europeos,salta: Wow!! Welcome to New York!Otra bienvenida. A la salida, el chef también nos hace reverencias, con su particular toque de humor, quizás debido a la factura que hemos ingresado… Cinco desayunos. Más que eso, llama la atención la cercanía natural que tienen de por sí los americanos, confianza, que se transmite al cruzarse con ellos en la calle o en los bares.

Otro indicio. En la misma estación nos topamos con la típica pareja de policias de Hollywood. Uniforme, acompañados de su perro, y con contrastes entre si. Es inevitable echarles un vistazo, y, tal y como acabamos haciendo (mis hermanos), pedirles una foto. En cualquier otro lugar nos hubieran mandado a freir esparragos. Ellos, sin embargo, sueltan una carcajada y asienten sin problema, incluso haciendo uso de su humor. Dejando a un lado las anécdotas, nuestra mañana neoyorkina pasa, entre una fina lluvia, en el mítico MoMA. El Museum of Modern Art. Ahí, entre figuras y cuadros que escenifican el modernismo siempre presente en USA, hacemos tiempo hasta antes de ir a comer.

Por la tarde, y tras un plato de pasta, llega otra anécdota. Toca ver la ciudad desde lo alto: la imponente Rockefeller Tower, que presume de las mejores vistas de la Gran Manzana desde lo alto de sus más de sesenta plantas. Antes, parte de la expedición nos adientramos en otro de los iconos, aunque no tan aclamado, de la ciudad. Se trata de la catedral de St Patrick’s, donde el golpe de Notre Dame ha dejado rastro. Algunos policias rodean las inmediateces del templo con tal de evitar cualquier sorpresa ante la llegada del cardenal. El imponente altar invita a cualquiera a echar un vistazo. El fugaz recorrido me permite descansar unos segundos en la capilla, en la que, apartada de la atracción turística, no cabe ni un alfiler. Se acerca la Pasión y se nota.

A los pies del Rockefeller Tower

Sin más dilaciones, y tras echar un sorbo del café comprado en uno de los miles de Starbucks que encontramos en nuestro recorrido, nos dirigimos, ahora sí, al otro templo, el de la Nueva York financiera. Y es que, bañado en oro, resulta un lujo adientrarse en la morada de los Rockefeller. En la cola en busca de los billetes que nos permitan el acceso al mirador “On Top Of The Rock”, presenciamos una escena propia del humor americano. Dos compañeros de vigilancia, se preparan para el cambio de turno. Piel morena y pelo afro. Choque de palmas, evitando cualquier protocolo. Puro colegueo, que termina con un: “We are fucking crazy”, ante la mirada de los visitantes. Tras el control pertinente, nos disponemos a subir al ascensor que nos hará recorrer en un abrir y cerrar de ojos el edificio más alto del territorio neoyorquino. 42 segundos. Una velocidad ensordedora, que nos traslada immediatamente al ático de la familia más poderosa del imperio americano. Qué decir. Central Park, Manhattan, Times Square e incluso el otro gigante, el Empire State a nuestros pies. El brusco viento, que nos sacude sin complejos por la terraza metálica, no nos impide hacer la foto familiar de cortesía y las correspondientes inmortalizaciones de cada uno de los miembros.

Tras sobrevolar Estados Unidos, toca volver a la superfície y sumergirse en el bullicio de la noche de Manhattan. Las luces y la marcha reinan en Times Square, el punto de encuentro de los dos mundos de la ciudad: el de la moda y el del espectáculo. El epicentro turístico de la Gran Manzana resulta la intersección entre la Séptima Avenida, que ostenta el atributo comercial de la ciudad, y Broadway, dónde lucen las ofertas teatrales más aclamadas. El resultado, un auténtico festival de luz y color que se ha ganado a pulso el aplauso turístico. Resulta una obligación detenerse ante los escaparates que decoran la sobrehabitada plaza. Puro show. Para cenar nos decantamos, tras experimentar el bullicio, por salir del epicentro, y desviarnos por alguna de las avenidas. Hoy toca comida mejicana, en el Chipotle. La última visita de la jornada nos traslada a las inmediaciones del hotel. Como capricho personal, echamos un vistazo a la tienda de la NBA. Tres plantas repletas de material basquetbolístico, con referencias históricas y actuales a la mejor liga del mundo. Desde las zapatillas de Michael Jordan hasta una camiseta de vestir de Oklahoma. Una auténtica galeria de arte para los devotos de la canasta.

La noche en Times Square



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